Los cuadernos de la Vida.

A veces siente uno ese tipo de cansancio que agradece porque significa vivir y vivir para cansarse es vivir disfrutando y sintiendo cada instante.

Me asombro con los días, me dejo asombrar con la vida.

Cada uno ve la vida como le interesa, incluso termina por ir construyéndola a su manera, de tal forma que puede llegar a creer incluso lo irreal. 

Nadie somos quién ni para prejuzgar ni juzgar la vida del resto.

La verdad es que la vida, mientras se tiene, no es más que esa acumulación de experiencias y momentos para terminar de hacer un todo, el de cada uno, el que te acompaña en ese final del que nunca sabes cuando llegará.

Pensaba hoy en las personas, particularmente en esas personas que uno va conociendo y que van llenando, a su vez, las vidas de cada uno, ocupando esos huecos o momentos como el que va tapando con yeso las grietas que van surgiendo en las paredes de los edificios. 

Me dejo sorprender siempre por la extrañeza de esas vidas de los otros tal vez porque siempre he querido dejarme sorprender. Una vida sin sorpresas deja de ser vida, como una vida sin acción tampoco lo es.

“En el proceso de pensar o escribir sobre uno mismo uno se convierte en otro.” Paul Auster

Leía esta frase, tratando de acercarme a una reflexión más profunda sobre mi propia vida o sobre mis propias vidas. Porque ¿cuántas vidas vivimos o cuántas vidas somos capaces de vivir en nuestros días? Esos días que vamos deshojando como quien arranca los versos de un poema y los esparce por dónde va caminando, para el que quiera recoger.

La vida no es más que eso, lo que vamos escribiendo y dejando en los cuadernos que vamos acumulando en las estanterías.

Si hay algo que me viene acompañando durante toda mi vida es un cuaderno. No recuerdo un momento de mi existencia, desde mis primeros pasos, sin un cuaderno cerca de mi.

Me contemplo, de canijo, emborronando, rayando, aprendiendo a escribir en uno de esos delgados cuadernos, de pocas páginas, Centauro, con las tablas de multiplicar en las tapas, con sus rayas perfectas y ese olor inconfundible. Y ahora, en esos otros de tapa dura moleskine, u otros de diseños creativos, artísticos, con su tamaño perfecto y también, rayados para no dejarme llevar por las líneas deformes.

Mis cuadernos van escondiendo mi vida, mi aliento. 

En cada página unos pensamientos que son como pasos que van avanzando en el tiempo, sin más remedio que el de dormir en alguna que otra estantería para ser leídos, tal vez, algún día, por los que me hereden y quieran saber de mi y mi mundo. A veces, las más, pienso que no será así, que morirán abrasados o triturados por el desánimo; con ellos morirán, verdaderamente, mis palabras y silencios.

Recuerdo cómo de pequeño mentía para que mi madre me comprase cuadernos. Decía que los había perdido, arrancaba las hojas para que se terminasen pronto o, simplemente, decía que el profesor nos pedía comprar uno nuevo. Mi madre me daba unas monedas y feliz cruzaba a la droguería del señor Goyo que, además de lejías y productos de baño y limpieza, vendía bolis y cuadernos. Lo cogía, lo abría y lo olía, como sigo haciendo ahora cada vez que compro uno.

Soy incapaz de entrar en una papelería y no parar a ver esos cientos de tipos de cuadernos que ahora existen. Rara es la vez que no compre alguno; voy acumulando en la estantería como joyas únicas sin llegar a desvirgar con tinta jamás. Me gusta verlos, tocarlos. Algunos ni siquiera los saco de sus envoltorios plásticos.

Hay cuadernos en los que escribo y cuadernos en los que habito.

Tocar sus hojas, acariciarlo como si fuera un libro. Cuántos cuadernos habrán dado forma a esas grandes creaciones literarias. Cuántos cuadernos esconderán tantísima vida en los rincones de las casas.

Creo que no sabría vivir sin un cuaderno cerca. No sabría vivir sin esos rincones en los que dejar posar un verso, un pensamiento, una reflexión o un simple apunte. Esos cuadernos en los que voy recortando las imágenes que para mi significan algo en mi día a día. Es tan simple como eso.

Tal vez, algún día, cuando yo no esté pero si estén todos esos cuadernos, a mi hijo le de por juntarlos y revolotearlos a modo de lectura biográfica. A veces yo abro uno de tantos al azar. Me pierdo en la lectura hasta que me hace revivir el momento, incluso el lugar, la música, el ruído o el silencio que sentía cuando escribía. 

A veces me emocionan mis palabras y otras me hacen reír. Pero son eso, mis palabras, mejor o peor escritas, peor o mejor pensadas.

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Tu instante, tu momento.

Terminas los días te sientas y analizas, piensas y te das cuenta de que mucho de lo que haces lo haces porque no lo piensas. 

Ayer lo comentaba con un amigo, nuestra vida, con los años, sería fruto de los más fascinantes relatos, de una novela o incluso de esas películas de las que nunca sabes que final tendrán. Una novela como la vida misma, esas vidas que imaginamos y que sólo algunos tenemos el privilegio de vivir.

Es cuando paro, aquí, en este instante, freno y decido no dejarme llevar por el ansia de escribir y de contar. Si la vida me da tiempo, buscaré esos instantes para escribir y dejar lo vivido a quien me importa. Sólo quien lee el pasado está preparado para afrontar el futuro. Me gustaría que mi hijo, mis sobrinos, aprendan de la experiencia de los errores y también, del placer de los aciertos. Que conozcan mucho de lo que no se sabe y mucho más de lo que se conoce incorrectamente.

Las vidas no son de los que las cuentan, son de cada uno y sólo uno puede contar su historia vivida.

La vida, si se vive, puede llegar a ser una aventura vertiginosa, asombrosa y substancialmente encantadora. 

Hay momentos en los que una fuerza anónima y mentalmente desgarradora te frena. Es ahí donde nos medimos porque nos enfrentamos a ese ser que aparenta ser superior, pero que solo es un reflejo: nosotros. 

Superas todo o casi todo hasta que llegas a tu auténtico enemigo: tu yo.

Es curiosos pero hoy, ahora, pensaba que a veces caminamos por la vida con esa sensación de que no dejamos de preocuparnos por los demás, intentando continuamente que todos los que nos rodean se sientan bien, pero en cambio, todos los que nos rodean sienten todo lo contrario: que nos dedicamos más a nosotros mismos que a ellos. Te hacen sentir una especie de culpabilidad egoísta.

Nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros padres y hermanos, amigos; nuestro trabajo, el día a día de nuestra economía, todo son presiones que nos obligan a estar pendientes de todo a la vez.

Y entonces parece nos falta la respiración. Llegamos a sentir un ahogo tan extraño como cercano.

Entonces creemos que todo puede romperse cuando realmente quienes estamos a punto de rompernos somos nosotros mismos.

Es el momento de respirar. Sentir nuestra respiración en el instante. Ser conscientes del momento y de que lo verdaderamente importante, para seguir construyendo, somos nosotros.

Busca tu momento, encuentra tu momento. No es egoísmo. Es vitalmente importante sentirnos para continuar.

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Lo fácil y lo difícil del Equilibrio.

Salir a dar ese paseo por el parque de El Retiro mientras la música,  entre mil olores naturales,  acompaña acompasando cada pensamiento que no deja de ser un proyecto o una reflexión que compartir.

Volvemos.

Los paseos, las caminatas en solitario, permiten divagar e ir ordenando pensamientos. 

En días así te das cuenta de lo fácil que es vivir en equilibrio y lo fácil, también, que es el no hacerlo.

Tengo la sensación de que a veces recorremos el mundo, nuestro mundo, en una búsqueda incesante y constante de problemas. Si pasamos un tiempo sin ellos parece que los deseamos, parece que queremos ponernos a prueba constantemente. Nos dejamos llevar por una inercia insensata, repleta de fantasías e imaginaciones que nos van desequilibrando y desordenando sin piedad hasta hacernos desfallecer.

Y es que es tan difícil, por ejemplo, encontrar unos minutos para estar tranquilos, serenos, pensando en nada, meditando. Unos minutos al día sería suficiente. Lo vivo en mi experiencia en días como el de hoy, y lo olvido y sufro, también en mi experiencia, en días como el de antes de ayer o, seguro, el de mañana.

Aldous Huxley nos decía que

“Solo hay un rincón en el universo que sabes que puedes mejorar, y ese eres tú”.

¿Qué hacemos para mejorar nuestras vidas? ¿Qué hacemos para mejorarnos?

Sólo pensamos en ello cuando nos vienen los males. Cuando alguien vestido de blanco te dice que o paras o te da un infarto; o te cuidas o no llegas a la meta. O en esos momentos en los que alguien cercano se marcha para siempre y lamentamos el poco tiempo que nos dedicamos a nosotros y a lo importante.


En lo que llevo de semana, y no me ocurría desde hace muchos años, he perdido de los bolsillos dos cosas importantes en días diferentes: ayer y hoy. En ambos casos volví sobre mis pasos, como un imbécil, por si encontraba lo perdido, a sabiendas de que sería algo imposible, entre otras cosas porque en el último caso ha sido dinero. Siempre piensa uno que nadie tiene por qué ir mirando al suelo y ver lo que en él se sostiene. 


Mi primera reacción, las dos veces, ha sido de un fuerte enfado, cabreo, conmigo mismo. Mi segunda reacción, por primera vez en muchísimo tiempo, fue pensar que realmente no corre peligro la vida de mi familia, ni la mía y que todo lo puedo solucionar, aunque conlleve alguna que otra molestia.


Hace algún tiempo hubiera permanecido enfadado con el mundo; a lo mejor la hubiese tomado con los que menos culpa tienen (cuando el único culpable del caso soy yo). Ahora, hoy, he decidido respirar y pensar que todo ocurre por tener la cabeza en mil tareas y que mañana será otro día ya que, gracias al Eterno, todo tiene solución.


En ocasiones es muy difícil sonreír sin ganas pero es que la mayoría de las veces, esas cosas o temas que nos enfadan o molestan, no tienen solución. Si algo no tiene solución, para qué vamos a estar dando vuelta sobre lo mismo. ¿Para enfadarnos más? 

¿Cuánta diferencia de terminar un día bien, sonriendo, a terminarlo cabreado y enfadado?

 

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Trabajar en equipo…

La intensidad profesional de los días nos va dando lecciones.

Cada vez me doy más cuenta de lo importante que es trabajar en común, trabajar en equipo.

En común se vencen obstáculos, se ganan batallas, se consiguen objetivos y la vida es mucho más sencilla.

Nunca he creído en los individualismos sociales y mucho menos en el falso liberalismo que profesan algunos.

Deberíamos aprender más de los animales, ellos, si nos fijamos atentamente en sus actos, son nuestros verdaderos maestros. Su comportamiento, su instinto.

Esta foto, entrañable, que desprende cariño, es de mi amiga Marisol Navajo. Son su familia de gatos, ahí les tenemos a todos, en un pequeño espacio, abrazados, desprendiendo su calor. Realmente una imagen fantástica que he tomado ‘prestada’ de su perfil.

Cuando era pequeño, en el colegio, recuerdo una de esas pocas veces que me dio por jugar al fútbol. El campo me parecía inmenso y yo era malísimo. Jugábamos en el mismo espacio cientos de críos, cada uno con sus partidos, cada uno con sus balones. Todavía no llego a comprender cómo éramos capaces de no confundirnos, de conocer y reconocer cada uno de nuestros compañeros de equipo y cada uno de nuestros contrincantes. En uno de esos partidos, no sé por qué, me vino la pelota a los pies. A mi, que normalmente no me centraba nadie de lo malo que era. Y pensé que era la oportunidad, mi oportunidad de demostrar que yo era igual, o mejor, que los demás. Me puse a correr como loco. Todos me gritaban que les pasase el balón. No me daba la gana. Era mi momento de gloria, sólo mío. A lo lejos, la portería. A lo lejos, el portero del equipo contrario que se repartía el espacio de la portería con los tantos porteros, de los otros equipos, que a su vez jugaban otros partidos. Corrí y corrí y no me encontraba a ningún jugador contrario. “¡Pasa el balón Moreno!”, me gritaba uno y otro hasta que de pronto, no sé cómo, impacté con una especie de armario de chaval, mayor que yo, que estaba jugando su partido. Caí al suelo, perdí la pelota. Se acabó mi oportunidad. Vino hacia mi, corriendo, con sus habituales mocos acuosos chorreando bajo la nariz, Umberto. Umberto era uno de esos niños inteligentes, repipis, que ya de pequeño se había leído todos los libros que sobre las Guerras Mundiales existían. Me miró con odio y me dijo algo que todavía recuerdo: “Una batalla no se gana con una sola espada. Ahora, levántate tu solo del suelo.” No olvidaré aquella frase, cargada de razón.

Fracasamos nosotros, pero vencemos en equipo.

Estos días ha iniciado su andadura un proyecto de equipo: rHabilitec. Tengo ilusión en este nuevo camino.

Estos días le he dedicado el tiempo que me ha dejado libre mis responsabilidades, aportando mi granito de arena para que  comenzara su andadura. Pero muchos granos de arena construyen una montaña, eso es lo importante.

Creo en rHabilitec, ya es un éxito por el hecho de nacer, ha dado el primer paso. Creo en la ilusión que se acumula detrás de la marca.

En equipo las cosas salen mejor.

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‘Y eso del coaching: ¿qué coño es?’ por José Luis Moreno

Habitamos un mundo en constante cambio. Con altos y bajos que nos llevan a tomar decisiones que van construyendo nuestras vidas, poco a poco, peldaño a peldaño, momento a momento.

En este caminar surgen crisis, más o menos importantes; unas son influenciadas por circunstancias externas y otras, derivadas de cuestiones internas que nos obligan a decidir.

Nadie nos dijo que el camino de nuestra vida iba a ser fácil.

En esos momentos o situaciones llamados de ‘crisis’ podemos adoptar dos posturas:

  1. El rechazo: que consistiría en agarrarnos a lo que somos hasta ese momento. Nos defendemos.

  1. La Reflexividad: en este caso viviríamos la situación de crisis como una oportunidad de crecimiento, de cambio.

Y es que a veces, hasta hace unos años, cuando hablábamos de ‘crisis personal’, desde un prisma estable, cómodo, lo veíamos como algo muy lejano a nosotros.

Nadie de nosotros pensaba que, de la noche a la mañana, nuestro jefe nos dijera que ‘estábamos despedidos’, que esa empresa, comercio, proyecto en el que habíamos invertido nuestros ahorros, se fuera al garete y que todo ello, englobado en un conjunto de debacle económica, supusiera que encontrar una salida con rapidez fuera algo más que complicado.

“Lo que somos en nuestra mente en lo que logramos en nuestra vida”.

Buda

O, ¿por qué no? Un problema con tu pareja, la pérdida de alguien querido o ese inesperado cambio que nos bloquea y nos saca del virtual estado de comodidad y bienestar, al fangoso y embarrado camino por el que jamás hubiéramos ni siquiera imaginado caminar.

Confused man and question marks. 3d rendered illustration.

Confused man and question marks. 3d rendered illustration.

¿QUÉ ES EL COACHING?

Parece que todo el mundo, sobre todo tras la crisis que hemos vivido, sobre todo, también, por la crisis que hemos vivido, hablamos del Coaching como si fuera un término que conociésemos de toda la vida.

Parece que ahora, todos tenemos un vecino, conocido o amiga que dice que es Coaching y que, por cierto, además sea verdad que lo es.

Hace unos años tan sólo aparecía algún que otro artículo de prensa, normalmente de autor estadounidense; o se aparecía algún que otro famoso, también del otro continente, que presentaba a su ‘pareja’ del momento como su coach, su entrenador personal. Aquí, en España, hasta no hace mucho –y todavía cuesta introducir claramente el concepto y la profesión- eso del coaching ni se conocía.

Pero llegó la crisis y con la crisis, de la que todavía no hemos salido, ocurrió de todo. Cuando digo de todo hablo en términos positivos aunque, siempre, faltaría más, respetando lo sensible y dramático de todas las crisis económicas.

La crisis ha sido un punto de inflexión para mucho y para muchos.

¿Quién en estos últimos años no se ha preguntado por su futuro? ¿Quién no ha sufrido algún palo en su vida? ¿Quién no ha sentido que el mundo se le desmoronaba? ¿Quién de nosotros no se ha visto reflejado en muchas de esas personas que de la noche a la mañana se veían en el paro, sin perspectivas de encontrar empleo, con edades pasados los 45 años, comiéndose los ahorros para pagar los gastos y hundidos, con el ánimo por los sueños pensando que esa zona de confort que creíamos indefinida, se acababa posiblemente para siempre?

En momentos complicados de la vida, en esos momentos críticos, es cuando despertamos. Despertamos porque la vida nos obliga a hacerlo. Despertamos porque si nos quedamos dormidos nos hundimos. Despertamos porque de lo contrario comenzamos a morir en vida.

Y entonces nuestra cabeza ha hacer preguntas, a revolver ideas, a buscar nuevas vías o escaleras que nos saquen del agujero, de ese bache; buscamos salidas o pedimos ayuda para conseguir desbloquearnos.

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Por eso, desde mi punto de vista, el inicio del coaching en España se produce en los primeros años del siglo XXI pero coge auge a partir del año 2007 de una forma muy lenta.

¿Pero entonces esto del coaching qué coño es?

¿Es una nueva religión?

¿Un nuevo método psicológico?

¿Una secta?

¿Un mentor?

¿Una app que triunfa?

¿Un patrocinador?

Coaching, Coach, Coachee. Términos que forman parte de nuestras vidas como si lo hubiesen hecho siempre.

Vamos a tratar de definirlo.

El coach es un entrenador, un guía, un acompañante que te ayuda a encontrar equilibrio y buscar una dirección: la correcta.

El coach ayuda a las personas a ser lo mejor que pueden ser.

El coach te hace descubrir tus creencias y valores.

Cada persona, cada coachee (cliente) es único.

Al igual que todos en algún momento de nuestras vidas necesitamos un coach, todos tenemos algo de coach.

No por muchos títulos o certificaciones eres o te hacen ser mejor coach. Los hay que sin haber pasado por ninguno de esos cientos de cursos, ni tener la certificación por alguna de esas asociaciones, demuestran aptitudes o son mejores coach.

La vida, la experiencia de la vida, las circunstancias vividas, la cantidad de decisiones tomadas, tus buenas o memorables dedicaciones, tus errores y fracasos, te pueden llegar a formar como consejero, acompañante o Coach.

Porque desde mi punto de vista, fundamentalmente eso es un coach: una persona que te acompaña, que saca lo mejor de ti, que te aconseja.

Es como volver a aprender a montar en bicicleta. Tus padres son los mejores coach que han existido: te ayudan a aprender a caminar, te sueltan, pero luego continúan un tiempo pendiente por si te caes ayudarte a levantar. Hasta que vs completamente solo. Hasta que encuentras tu camino. Te sienten seguros, se alejan y te dejan tropezar una y mil veces para que seas tú el que te levantes sin ayuda de nadie, tan solo con el apoyo e impulso del suelo que te sujeta.

El coaching transforma, cambia, te ayuda a jugar mejor tus cartas o cambiar de juego.

El coaching trata con objetivos y logros. Vincula tu sueño con tu realidad.

El coaching te ayuda a liberarte de lo que no te satisface o desagrada y te abre otras posibilidades.

El coach no decide por ti: ni a dónde quieres ir o vas, ni en que tiempo, ni con qué recursos. Te acompaña, te facilita el camino.

El coach te muestra el camino en el que estás, te dice las opciones posibles, te ayuda a tomar otra dirección, la que elijas, y a persistir en el cambio. Te ayuda a decidir.

“Yo no puedo  enseñaros nada, sólo puedo ayudaros a buscar el conocimiento dentro de vosotros mismos, lo cual es mucho mejor que traspasaros  mi poca sabiduría.”

Sócrates

Cuando alguien se acerca al Coaching, cuando alguien quiere Coaching, es porque está confuso, tiene un bloqueo, quiere ser mejor, vive un momento de crisis.

El Coaching pretende que seas más consciente de ti mismo. Que te encuentres contigo. Que confíes en ti. Que te conozcas.

El coaching es un método, un conjunto de técnicas y herramientas que te ayudan a conseguir los objetivos que quieres.

La ICF (International Coach Federation), principal asociación profesional a nivel mundial, con más de 25.000 asociados en 2015, define el coaching como: “relación profesional continuada que ayuda a obtener resultados extraordinarios en la vida, profesión, empresas o negocios de las personas. Mediante el proceso de coaching, el cliente profundiza en su conocimiento, aumenta su rendimiento y mejora su calidad de vida.”

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John Withmore, gran referente en el mundo del coaching nos dice que: “El coaching consiste en liberar el potencial de una persona para incrementar al máximo su desempeño. Consiste en ayudarle a aprender en lugar de enseñarle.”

La definición de la ASESCO (Asociación Española de Coaching) nos dice que:

“El Coaching es el arte que busca que las personas consigan lo mejor de sí mismas en todo aquello que deseen, mediante una relación continuada. Es una disciplina nueva que nos acerca al logro de objetivos permitiéndonos desarrollarnos personal y profesionalmente. Es una competencia que te ayuda a pensar diferente, a mejorar las comunicaciones que mantienes y profundizar en ti mismo.”

Y por último añadiré la definición de Talance Miedaner:

 “El Coaching es un proceso de entrenamiento personalizado y confidencial llevado a cabo con un asesor especializado o coach, cubre el vacío entre lo que eres ahora y lo que deseas ser. Es una relación profesional con otra persona que aceptará solo lo mejor de ti, te acompañará y estimulará para que vayas más allá de las limitaciones que te impones a ti mismo y realices tu pleno potencial.”

El Coaching es el arte de asistir a otros para definir a clarificar sus metas y objetivos, establecer un camino para logar esos resultados deseados y proveer el apoyo y desafío necesarios que aseguren el logro de lo que es realmente importante para ti.

Te ayuda a producir resultados que satisfacen tu vida.

Te ayuda a conseguir lo mejor de lo que haces o de lo que deseas hacer. Utiliza tu potencial y habilidades, todos tus recursos.

El coach escucha, observa y pregunta. En esta relación crea acción.

El coach maneja herramientas, conocimientos que le permiten reconocer y valorar las emociones del coachee. Observa sus movimientos, sus gestos, el tono de su voz. A partir de ahí le acompaña en ese camino de emprendimiento de las mejoras necesarias para conseguir los objetivos que se plantee.

El coaching es un proceso.

Crea un espacio para la acción reflexiva del cliente sobre sí mismo, a través del diálogo. El coach ayuda a encontrar el sentido a su cliente.

Conocer la realidad, saber dónde se está y definir los objetivos que se persiguen.

El fracaso nos llega, normalmente, por no querer afrontar la realidad de dónde estamos, ni calibrar el impacto de lo que debemos hacer.

Alcanzar las metas nos llevará tiempo, pero el objetivo es alcanzarlas.

El objetivo del coaching no es resolver problemas. El coaching sirve para que las personas se encuentren, se descubran y sean capaces de contestar sus propias preguntas.

Las personas se acercan al coaching porque quieren que cambie algo.

No es algo nuevo, es algo que siempre ha estado ahí. El Coaching es, como he dicho, esa técnica o disciplina que utilizan millones de padres animando, ayudando, potenciando, acompañando a sus hijos.

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No crearse expectativas…

Hoy ha vuelto a ser uno de esos días lluviosos de verano, tormentoso, agradable; días que son propios de esa deliciosa primavera y que se agradecen tras unas jornadas de calor. 


Pensaba que todo es por algo y que todo lo que hacemos tiene tarde o temprano su significado. Pero no hay que esperarlo, si tiene que venir, vendrá.

Hay momentos en los que la vida nos obliga a parar. Unas veces nos mete un bofetón de esos de los que crees no levantar, o te abraza tanto que sientes el agobio del exceso. 

En ese instante podemos quedar paralizados de tal manera que se nos duerme el cerebro.

Unos tiran hacia delante y otros se quedan ahí. Siempre es de agradecer los empujones, las tortas que los cercanos te dan para que despiertes. 

En estos años en los que uno comenzó a pensar más en lo suyo que en los demás, y me refiero a los ajenos, al ámbito político/profesional, esa pequeña parte de la que todavía queda algo y que uno agradece a personas por encima de siglas, es cuando más he notado el valor por parte de los demás.

Es extraordinario comprobar y sentir, cómo en determinados ámbitos, normalmente los cercanos o esos que crees tuyos, el buen trabajo o gestión, importa más bien poco. Cuando convives entre aquellos en los que podría justificarse primasen más otras cuestiones, es totalmente al contrario.

Son lecciones que aprendes en la vida: algunos valoran mucho lo poco y otros desprecian lo mucho.

Hoy me encontraba en el tren con un antiguo compañero y me afirmaba algo de lo que no me ha quedado más remedio que darle la razón: “no hay que quejarse José Luis, lo que hay lo hemos hecho entre todos nosotros”. Es verdad. No vale quejarse; cada uno es culpable, en su parte, de lo que hay.

Y comentábamos, por eso termino el día con esta reflexión, lo tranquilos que ahora andamos. Cada uno con sus cosas, cada uno con sus problemas, sus proyectos, sus aventuras, sus miedos… pero tranquilos. Tranquilo porque sabes que lo mucho o poco depende de ti, no de caer mejor o peor al de al lado.

Los proyectos van y vienen. Nada sin esfuerzo y sacrificio de los unos y otros que te acompañan. La inquietud, el hormigueo, la apuesta… es vivir en un riesgo permanente.


¿Alguien dijo que la vida no fuese… arriesgar?


Las expectativas nos generan sufrimiento, ansiedad. La expectativa es deseo y cuando deseamos que algo ocurra o mejore, tiene siempre esa posibilidad de que no sea así y eso termina por generarnos frustración y pena.


A veces la ausencia de deseo es una virtud. Si ocurren las cosas, que ocurran; si no ocurren, que no ocurran.


Volvemos a ese pensamiento que vengo pregonando últimamente: si no esperamos nada del mañana, vivamos más el presente. Si el presente es hoy, no busquemos o esperemos la felicidad de mañana. Vivámosla hoy.


Sé que puede ser difícil. ¿Somos capaces de vivir sin esperar nada de la vida? ¿Somos capaces de hacer, de dar, sin esperar nada a cambio?


La vida hay que llenarla de dudas, de incertidumbres. Si no tienes dudas vas por ahí como un zombi, esperando algo cada día que no tiene por qué hacerse realidad. 


Crear expectativas absurdas te mediatiza a la hora de tomar decisiones.


Hace tiempo que dejé de tener expectativas, de desear resultados. Hace tiempo que hago, que vivo el presente, que ideo y creo lo que me apetece. Le doy forma, lo trabajo, pero no espero un resultado concreto. Me va mejor. No me llevo berrinches como alguno de los que me he llevado en la vida. 
Lo que tiene que ser será, lo que no tiene que ser nunca será.

 

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Cambiar el día.

A veces parece que nuestro día se viene abajo por el simple hecho de que unas nubes nos acompañen al despertar.

Hay una canción que me gusta muchísimo últimamente y que, casualmente, acababa de comenzar al sacar el coche del garaje: ‘Faded’ de Alan Walker.

¿Dónde estás ahora?/ ¿Todo en mi fantasía? / ¿Dónde estás ahora? / ¿Dónde solo imaginario?… creo que es más o menos la traducción de “Where are you now?/ Was it all in my fantasy?/ Where are you now?/ Were you only imaginary?”

Los inicios de los días son así: como los imaginamos, como los vemos. Cierto es que la letra de la canción no hace referencia al día, ni al clima, ni a las nubes… sino a esa persona que imaginamos o vemos como creemos o queremos que sea,  no como realmente es. Pero así son también los días. Y no son como creemos que son, ni siquiera como amanecen: son como queremos que sean, independientemente de las circunstancias. 

Los días de lluvia nos encojen. No vemos más allá de las nubes que nos cubren y, en vez de disfrutar y sentir el agua como una emoción, un riego de vida del cielo, nos agazapamos en la nostalgia y buscamos lo emocionalmente triste.

Cambiar tu recorrido habitual, tu rutina, es suficiente como para cambiar la percepción de tu día.

Las nubes, la lluvia pueden ser la alegría de la primavera,  la luz de los campos. Salir a la calle y dejarte mojar; chapotear en los charcos y mirar el cielo con gratitud es cambiar la perspectiva del día.

Bañarte de sol o inundarte de silencio. Puede generar esa recarga que necesitabas.

Y eso es lo que puedes hacer hoy mismo: cambiar la perspectiva del día. Es más importante cómo vemos que lo que vemos. Puede que el sol entre por nuestra ventana, pero si no lo vemos dará lo mismo, nuestra vida estará inmersa en una oscuridad ficticia. Puede que el día esté envuelto en nubes y lluvia, pero si queremos saltar de alegría bajo el agua, en la calle, nuestra jornada será la más luminosa de la vida.

Desde hace un tiempo trato de meditar y reflexionar sobre el significado de las emociones. Me encuentro con casos extremadamente diferentes en mi entorno, en el día a día. Esos que lo ven todo oscuro y esos otros que, pese a las dificultades, creen en sí mismos porque encuentran la luz en cada movimiento. Unos llegan y otros se quedan, pero: unos viven y otros no.

Prefiero imaginar, prefiero vivir chapoteando el agua de lluvia aunque me moje, empape o constipe. Prefiero ahogarme mientras disfruto de lo que vivo a morir de sed por guardar el agua por si un día no tengo.

Prefiero comenzar la semana creyendo, a acostarme sin ilusión por el día de mañana.

Así que, amigos, acariciar los días, las semanas;  imaginando siempre y repletos de felicidad mejor que sentados en el sillón pensando que vivís lo que no vivís.


Dónde hay nubarrones, suele esconderse un gran sol. Y si el día amanece con nubes, cambiemos la mirada: veamos un gran sol.

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