Filosofando…

Últimamente ando a vueltas con el pensar, no sé si demasiado, el reflexionar, tal vez poco, y la filosofía. En concreto con la filosofía clásica. Entre manos libros de grandes filósofos clásicos como lo son Platón y Aristóteles; textos sobre ética de autores más modernos, como Victoria Camps. Lo curioso es que, tanto a Platón como Aristóteles, a Séneca, Nietzsche o Montaigne, vuelvo de vez en cuando. En todos me recreo en mis reflexiones, sintiendo que sus dichos y escritos cada vez se hacen más actuales.

La filosofía es una reflexión de todo y para todo, sobre la vida cotidiana. La filosofía, ese deseo de saber y conocer, es cada día más actual.

Salgan a la calle, escuchen las noticias, lean los periódicos.

Me resulta cuando menos denunciable que la Filosofía, el humanismo, cada vez esté más desarraigado en las aulas.  Que los jóvenes estudiantes, por culpa de esos mayores insensatos, vean en la filosofía el mayor rollo o ‘maría’ de sus estudios. Se quita importancia al pensamiento, se elimina lo esencial de nuestra cultura que, en un futuro, es lo que te hace preguntarte, dudar, elegir.

Hace poco pude leer dos buenos artículos que vienen aquí al caso, ambos en El País: ‘Los clásicos nos hacen críticos’ de Carlos García Gual, Las grandes obras nos ayudan a entender aspectos esenciales de la condición humana: su mensaje se reinterpreta con los años, abre nuevos horizontes y moldea a personas más críticas e imaginativas” y ‘Las ventajas de tener muchos dioses’ de Maurizio Bettini “Las religiones de la antigüedad no creían en un dios verdadero por encima de los demás, una idea muy útil para el presente”.

En ambos artículos se ahonda sobre la necesidad de volver a esos clásicos actuales y, sobre todo, al hecho de que la esencia de nuestras ideas provienen de aquellos que dedicaron su vida a la pregunta. Sólo preguntándonos podemos llegar a encontrar la respuesta adecuada.

Por ejemplo, en esos libros clásicos aristotélicos aprendemos lo que ya sabemos o deberíamos saber. Por ejemplo, como indicaba el maestro Aristóteles sobre la felicidad, que primero tenemos que averiguar en qué consiste la felicidad para cada uno. La felicidad no es lo mismo para unos que para otros. Debemos ser conscientes de nuestra felicidad, de lo que significa y es para nosotros, y lanzarnos en esa dirección hasta conseguirlo.

Es cierto que la felicidad es lo que todos los hombres queremos, pero no está allí donde solemos buscarla como imbéciles: el éxito, el dinero, los aplausos. La felicidad, según los clásicos, está en una vida llena de virtud.

El sentido de la felicidad es subjetivo, depende de lo que entiende cada uno.

Cada uno tenemos una idea concreta de lo que está bien o está mal; de lo que nos enriquece o empobrece.

Hoy siento más que nunca que todo es filosofía. El mero hecho de pensar genera filosofía, unos piensan y otros ejecutan. Pero, ¿piensan aquellos que ejecutan?

Paul Valéry decía que “pensadores son aquellos que repiensan, y que piensan que lo que fue pensado nunca se pensó de esa manera.”

La apología del cobarde siempre es tapar sus culpas y penas echando mierda en los demás. Esto es filosofía mundana de hoy. Por eso mi filosofía, frente a eso, siempre ha sido la misma: esperar. Tener paciencia y, en ese momento, qué siempre hay,  que siempre llega, firmar en la utópica tumba de aquél.

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‘¿Y tu Ikigai?’ por José Luis Moreno Coach

Descubrí estos días un concepto que desconocía en psicología positiva: el Ikigai.
Ikigai (生き甲斐, pronunciado ikiɡai) es un concepto japonés que significa “la razón de vivir” o “la razón de ser”. Todo el mundo, de acuerdo con la cultura japonesa, tiene un ikigai. Encontrarlo requiere de una búsqueda en uno mismo, profunda y a menudo prolongada. Esta búsqueda es considerada de mucha importancia, ya que se cree que el descubrimiento del propio ikigai trae satisfacción y sentido de la vida.
Ha sido uno de mis temas de reflexión hoy. Uno de esos en los que necesitaba de una concentración más activa de la que he tenido.
Resulta que todos tenemos nuestro Ikigai. A lo mejor tú, que estás leyendo estas líneas esta noche porque no tienes otra cosa mejor que hacer o, simplemente, porque lo encuentras como la mejor fórmula para dormir profundamente, piensas que no lo tienes. Pero lo tienes. Eso sí, si crees que no, debes ponerte a buscarlo inmediatamente.
El Ikigai sería aquello que te apasiona, aquello que te hace levantar por las mañanas animado y sonriente. Es la razón de saltar de la cama sin estar ni un momento más tumbado despierto.
Aquello que pones en el centro de tu vida, por ejemplo, hasta que consigues. Tu meta, tu objetivo., tu propósito vital.
Es eso que le da un sentido profundo a cada día.
Podemos tener más de un Ikigai en nuestras vidas, lo que no podemos es vivir sin un Ikigai.
El término ikigai se compone de dos palabras japonesas: iki (生き), que se refiere a la vida, y kai (甲斐), que aproximadamente significa “la realización de lo que uno espera y desea”
Son las cosas que hacen que nuestra vida valga la pena.
Estar plenamente satisfechos con el sentido de nuestras vidas.
Todos podemos, debemos, pararnos y analizar y reflexionar sobre si ese sentido es el correcto, sobre si estamos satisfechos en nuestro camino. Y no es tarde para darnos cuenta, para buscarnos interiormente, analizarnos, destrozarnos hasta desenredar lo que puede estar ahí, oculto, enredado, y es nuestra auténtica razón de ser.
La búsqueda del ikigai no es fácil, es un análisis interior profundo.
Este término, que como he dicho, proviene del Japón y, más en concreto, de Okinowa, surge de los grandes cambios en sus estructuras sociales, por ello cada vez más los japoneses sienten la necesidad de preguntarse realmente cuál es su razón de ser, su razón de vivir, su ikigai. No vale el hacer las cosas “porque es lo que toca” (para sacar el país adelante después de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo); la nueva generación quiere hacer las cosas “porque quieren”, así que primero deben saber qué quieren, deben descubrir y comprender su ikigai y luchar para conseguirlo.
Después del fuerte terremoto y posterior tsunami que azotó el país el 11 de marzo de 2011, muchos japoneses se replantearon seriamente su ikigai, porque según Ishida, la búsqueda del ikigai “da al ser humano la capacidad de integrar eventos psicologicamente estresantes en el pasado, presente y futuro con menos confusión o conflicto.”
Este tipo de eventos (desastres naturales, catástrofes, accidentes…) nos dan la oportunidad de replantearnos cuestiones importantes en la vida, como puede ser el significado de nuestra vida hasta el momento, el concepto de felicidad o hasta cómo queremos vivir a partir de ese momento, entre otras. Así pues, el ikigai es también una técnica efectiva para afrontar situaciones de estrés postraumático en las que se nos ofrece la oportunidad de replantearnos nuestra vida y su significado.
Este término japonés se ha hecho bastante popular recientemente en Occidente gracias a una TED Talk de Dan Buettner.
Los habitantes de Okinawa utilizan Ikigai cuando quieren referirse a aquello que hace que la vida valga la pena, lo que nos hace desear despertar cada mañana, el motivo para vivir.
Okinawa es un lugar cuyos pobladores se cuentan entre los más longevos del planeta:viven más de cien años con buena salud y en plenitud.
¿Tiene sentido tu vida? ¿Qué haces para que lo tenga? 
Son preguntas muy fáciles de hacer pero, ponte frente a un espejo y contéstalas. No son fáciles de responder.
Motivación, vocación, pasión y significado de la vida, reunidos en el Ikigai, son factores importantísimos determinantes en la productividad de las personas, puesto que comprenden un estado creativo y activo que relaciona emociones.
Estar siempre ocupado, en movimiento, activo. en lo que te apasiona y te guste.
Busca y encuentra tu Ikigai y vive plenamente tu felicidad.
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‘Una página en blanco al día’ por José Luis Moreno Coach

Cada mañana es una nueva oportunidad para seguir escribiendo nuestra vida

Un libro en blanco
Un libro en blanco

La responsabilidad que tiene uno consigo mismo debería ser siempre más exigente que el resto de responsabilidades que nos otorgamos u otorgan.

Cada uno de nosotros sabemos, y por ello somos conscientes, de lo bueno y malo que nos lleva o acompaña en este camino que es la vida. Las excusas que nos ponemos a la hora de ir caminando, de una u otra manera, en una u otra dirección, no son más que caretas indecentes.

Nos despertamos cada mañana con la oportunidad de escribir una nueva página de esa nuestra vida. Esa página en blanco que se nos ofrece la podemos llenar de tachones y borrones, garabatos, arrancar y tirarla a esa papelera en la que se van amontonando nuestras máculas; por el contrario, también sabemos que podemos llenarla de versos, emociones y sentimientos que vayan convirtiendo nuestro cuaderno en ese poema que deseamos.

No conozco a nadie que no haya arrancado, o tenga que arrancar, hojas del cuaderno de su vida. Hojas con tachones, con líneas torcidas, con manchones de esos que nos escalofrían con solo recordar.

En algún momento debemos prender fuego a esa papelera y convertir en ceniza cada una de las hojas para volver, posiblemente, a llenarla de otras muchas de esas que iremos escribiendo, entre lágrimas o suspiros, pero que, poco a poco, producirán aquellas palabras que queramos guardar por siempre.

Cada día un folio nuevo, cada día una oportunidad que se nos brinda como un deseo por cumplir. Cada página se puede volver a escribir de mil maneras diferentes.

A veces se escribe lo que no se debe y otras se deja de escribir lo importante. Esa es la responsabilidad que tenemos sobre nosotros y nuestras vidas.

Importa mucho quién somos, pero también importa quién dejamos vivir a nuestro lado para ser. Nuestro cuaderno de viaje es solo nuestro, no debemos emborronar los folios por los demás, ni tampoco dejar pintar o que nos lo pinten como quieran.

Cuando una hoja se arranca, porque sobra, porque no nos gusta lo escrito, volver a intentar colocarla sería un error: quedaría siempre suelta, perdida, desprendida.

Dice el gran maestro Sánchez Dragó que “vivir es enfrentarse a una continua encrucijada de caminos que se bifurcan e ir eligiendo o rechazando el que para bien o para mal, equivocándonos o no, vamos a seguir. No somos, en realidad, la suma de lo que hemos sido, sino de todo lo que pudimos ser y nunca fuimos”.

Estas sabias palabras bien quieren decir que si dejamos de escribir las páginas que deseamos, nadie podrá hacerlo por nosotros. Si llenamos el cuaderno de borrones y tachones, más vale tirarlo a la papelera por entero y comprar otro, comenzar de nuevo, como cada día.

La vida nos permite escribir cada día ese folio, mejor o peor, pero poder escribirlo se convierte en un privilegio en sí.

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¿Preparados para Morir?

“Estoy preparado para morir. Espero que no sea demasiado incómodo.”

Estas palabras son de Leonard Cohen y las leí un par de meses antes de su fallecimiento, en la prensa, a cuento de una entrevista ofrecida a ‘The New Yorker’.

Cohen tenía 82 años. Al leer estas palabras me quedé gratamente estremecido. Y digo lo de gratamente porque me pareció extraordinario que alguien, cuando es consciente,  por su estado físico o edad, esté preparado para morir.

Cohen fue un gran músico, compositor y, también, un gran poeta además de novelista.

A mediados de los 90 se recluyó voluntariamente en el Mount Baldy Zen Center, un monasterio budista en el que se encerró durante dos años para contribuir a sí mismo con el arte de la meditación. Jinkan, lo llamaban, quiere decir silencio.

Durante los últimos años no dejó de dar conciertos y de producir música y poesía. Su último trabajo ha sido ‘You want it Darker’. 

Es como si durante esta última etapa de su vida fuera consciente de su muerte y no dejara ni un segundo al ocio o al silencio con los que sí compartía su tiempo en otras épocas.

“Es difícil de describir. A medida que me acerco al final de mi vida, tengo aún menos y menos interés en examinar lo que han llegado a ser las evaluaciones u opiniones muy superficiales acerca de la importancia de la vida o el trabajo de uno.”

Enfrentarse a la muerte, ser capaz de mirarla cara a cara, digno y no humillado. Un gran reto, un gran objetivo para todos.

No sé por qué pero, repasando mis cuadernos, suele ser en estas épocas del año, climatológicamente grises, aunque mentalmente fuertes y creativas, cuando más reflexiono y medito sobre la muerte, sobre el envejecer. 

Tal vez también se haya unido esa cuestión familiar que te va indicando las etapas de la vida de cada uno. Que te avisa para que no te despistes. Que te dice que vivas lo que puedas porque los años te van quitando eso, vida.

Casualmente leía ayer, también, parece que todo se envuelve en ciertos temas, unos versos fantásticos de la poeta argentina Silvina Ocampo. El poema lleva por título eso, “Envejecer”, y se escriben así:

Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada día;

es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva

que en lugar de disminuir los detalles los agranda.

Envejecer es no poder olvidar lo que se olvida.

Envejecer transforma a una víctima en victimario.

Siempre pensé que las edades son todas crueles,

y que se compensan o tendrían que compensarse

las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo?

Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol

embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse

sólo con los despojos de la juventud.

Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios,

una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón.

Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez

es un disfraz con aditamentos inútiles.

Si los viejos parecen disfrazados, los niños también.

Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta

ser viejo porque nadie sabe serlo,

como un árbol o como una piedra preciosa.

Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas.

No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente.

Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar,

porque todo lo que hago lo hago doblemente.

El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece

que lo que quedó atrás tiene más realidad

para reducir el presente a un interesante precipicio.

Hermosos versos, emocionantes, bellos y ciertos.

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‘Determinación’ por José Luis Moreno Coach

Escribir o no escribir, pensar o no pensar, sentir o no sentir. 

En algunas de nuestras acciones ni siquiera somos nosotros los que decidimos; simplemente ocurren porque tienen que ocurrir.

 

Digamos, que lo extraño en nuestras vidas es todo aquello que no debería de ser pero es, aparece y desaparece, no controlamos y nos descoloca y perturba.

Digamos, que la vida va pasando y los años van acercándose a esas irremediables situaciones que nos indican o avisan que la vejez está ahí: de los nuestros, de nosotros mismos.

Tratamos de no pensarlo pero está ahí. Nos acecha, nos persigue. Nuestros padres van cargando años, van caminando más despacio, van encogiéndose, van haciéndose mayores llegando a esas edades en las que lo normal es comenzar a sufrir desajustes que te hacen pasar más a menudo por esos incómodos talleres.

Son pequeños sustos; y que queden ahí. Pero son esos sustos los que te avisan de tu debilidad: no eres inmortal. No lo somos, no lo seremos, ni lo hemos sido nunca, ni con 20 ni con 80 años. La naturaleza nos marca que lo normal es que pasados los 45 vayamos restando. Así es la vida.

Escribir siempre es una dosis de autosanación voluntaria, una lucha contra la melancolía o la tristeza. Escribir es un desahogo, un vómito de desechos. Escribir expulsa, también, aquello que no queremos.

Estuve viendo una de esas películas que, en principio, parecen tontas. Al terminar  comprendí que, además de ser una historia real, el mensaje que guarda es realmente motivador: determinación.

La película se titula ‘Eddi el Águila’. Está dirigida por Dexter Fletcher (Amanece en Edimburgo, Wild Bill) y lo protagonizan Taron Egerton (Kingsman: Servicio secreto, Legend) y Hugh Jackman (Chappie, Pan (Viaje a Nunca Jamás)). El reparto lo completan los actores Christopher Walken (Jersey Boys), Tim McInnerny (El héroe de Berlín), Jo Hartley (La reina Victoria), Keith Allen (Treasure Island) y Jim Broadbent (Brooklyn).

En la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Invierno celebrados en Calgary (Canada) en 1988, Samaranch, entonces presidente del COI, decía ante los micrófonos: “En estos Juegos algunos atletas han ganado medallas de oro, otros han batido récords y uno incluso ha volado como un águila”. No pudo seguir. Miles de gargantas prorrumpieron en un grito unánime: “¡Eddie, Eddie!”. ¿A quién se referían?

Esa mención concreta era a un deportista y fue el epílogo de la historia de un hombre singular que un día soñó con ser olímpico pese a no dar el tipo ni de lejos.

Michael Edwards, nacido en 1963 en Cheltenham y más conocido como Eddie “The Eagle”, era un trabajador del yeso bajito, de más de 80 kilos, con miopía y las pertinentes gafas de culo de botella. Viendo la televisión quedó enamorado de los saltos de esquí y tomó una decisión: él también lo haría. Con tres pares de calcetines para ajustarse las botas de nieve y unos esquíes prestados dedicó un par de años a darse trompazos tirándose desde lo alto de autobuses de dos pisos desguazados.

Era el único británico practicando esta disciplina deportiva con tradición cero en las islas, Eddie consiguió que el Comité Olímpico de su país aceptase su participación en los Juegos de Calgary ’88. Primero compitió en el mundial del 87, donde fue último: su salto apenas un tercio de la distancia del ganador. Pero la extraña gesta despertó las simpatías de prensa y aficionados y así pudo contar con patrocinadores y medios con que seguir entrenando. Eso sí, igual que antes, carecía de las cualidades más elementales para cualquier práctica deportiva.

En las olimpiadas blancas de 1988 en Calgary, Eddy se convertía en el primer competidor de la historia en representar a Inglaterra en saltos de esquí. En vez de ejecutar el salto con la elegante y aerodinámica posición de un saltador nórdico, Eddie agitaba los brazos cuando iba en el aire para no perder el equilibrio y con ese aleteo se ganó el apodo de “el águila”.

La gente esperaba que se rompiera la crisma en un mal aterrizaje, pero no. Edwards salió incólume de los trampolines olímpicos –último como siempre– y universalmente famoso porque el público quedó prendado de su ridícula estampa, de sus marcas de alevín y de su desparpajo natural.

La película es una comedia bastante entretenida que cuenta la historia de este motivador personaje.

Determinación: valor, fortaleza para alcanzar una meta.

En palabras de Carol Dweck en su libro Mindset,

“la determinación es la disposición para perseguir objetivos a muy largo plazo y hacerlo con pasión y perseverancia”. 

Mantenerse fiel a determinadas metas a lo largo del tiempo y poner todo el empeño posible en conseguirlas.

Me gusta mucho la definición que hace el siempre magnífico Paul Graham que explica que la determinación se da cuando hay la suma de 3 cualidades: intencionalidad, ambición y disciplina.

Todo en la vida se consigue a base de determinación.

Determinación es trabajar, luchar por lo que queremos sin miedo a perder. Disfrutar en ese impulso que nos lleva al sacrificio por conseguir aquello que deseamos.

Determinación para salir de un bache.

Determinación para conseguir un objetivo.

Determinación para acabar con un mal hábito.

Determinación para crear un buen hábito en nuestra vida.

Determinación para tomar una decisión.

Determinación para que la decisión que tomamos no nos obsesione.

Determinación para saber perder.

Determinación para soportar con deportividad un NO.

Determinación para superar una crisis existencial.

Determinación para creer en uno mismo.

Determinación es actitud.

Determinación para terminar cada día con pensamientos realmente positivos e iniciar el siguiente  con pasos firmes hacia nuestros objetivos.

 

Determinación pequeños águilas.

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‘Tomar Decisiones’ por José Luis Moreno Coach

La importancia de actuar por uno mismo y no dejarse llevar por los demás

El momento de tomar una decisión
       El momento de tomar una decisión
por

Cuando uno toma decisiones nunca se equivoca, pase lo que pase. El mayor error siempre es el no decidir. Tomar decisiones es una capacidad personal, de nuestra razón y pensamientos, que va unido a la voluntad. Pensamos, creemos y avanzamos en esa dirección con todas las consecuencias.

Somos libres y, por lo tanto, también somos libres de elegir y decidir aquello que queremos hacer o ser, ¿no?

A lo largo del día tomamos cientos de pequeñas decisiones de las que, en su gran mayoría, ni siquiera somos conscientes. Son decisiones habituales, cotidianas, que van condicionando nuestras vidas. Pero tomar decisiones importantes y de trascendencia no es algo fácil, ni mucho menos.

Es esencial para las personas, para la vida de una persona, dar el paso, ser capaz o tener la fuerza suficiente como para tomar decisiones.

Tenemos un concepto bastante equivocado de las decisiones. Pensamos en las decisiones en negativo, nunca pensamos en lo mucho positivo que nos puede deparar el tomar una ‘decisión’ en un momento dado. Ejemplo: dejar de fumar. Otro ejemplo: dejar de ver la televisión. Otro: cambiar de trabajo. ¿Otro?: mandar a hacer puñetas al pesado de la empresa, que no hace más que meterse contigo. Pero hay muchos mas…

Hastie, R. (2001. Problems for Judgement and Decision Making. Annual Review of Psychology) trata de aclararnos con sus definiciones y planteamientos el proceso de toma de decisiones o resolución de problemas:

  • Decisiones. Son combinaciones de situaciones y conductas que pueden ser descritas en términos de tres componentes esenciales: acciones alternativas, consecuencias y sucesos inciertos.
  • Resultado. Son situaciones descriptibles públicamente que ocurrirían si se llevasen a cabo las conductas alternativas que se han generado en el proceso de toma de decisiones. Como todas las situaciones son dinámicas, según avanza y continúa la acción el resultado puede variar.
  • Consecuencias. Son las reacciones evaluativas subjetivas, medidas en términos de bueno o malo, ganancias o pérdidas, asociadas con cada resultado.
  • Incertidumbre. Se refiere a los juicios de quien toma la decisión de la propensión de cada suceso de ocurrir. Se describe con medidas que incluyen probabilidad, confianza, y posibilidad.
  • Preferencias. Son conductas expresivas de elegir, o intenciones de elegir, un curso de acción sobre otros. Tomar una decisión se refiere al proceso entero de elegir un curso de acción.
  • Juicio. Son los componentes del proceso de decisión que se refieren a valorar, estimar, inferir que sucesos ocurrirán y cuales serán las reacciones evaluativas del que toma la decisión en los resultados que obtenga.

Tomar decisiones consiste en encontrar una conducta para resolver un problema a sabiendas de que las consecuencias son inciertas, no sabes qué depara la decisión.

Las decisiones, sobre todo cuando tienen que ver con uno mismo, son importantes y pueden ser trascendentales. Retrasarlas pueden tener consecuencias nefastas y, en su caso, no tomarlas puede ser el mayor fracaso en vida que uno pudiera tener.

Creo que pensamos demasiado o damos demasiada importancia al qué dirán de los demás, por encima de nuestro propio bienestar.

Me ocurre muchas veces con mi hijo. Siendo cada día más mayor y responsable (de lo que siento orgullo), en alguna ocasión no le permito tomar ciertas decisiones que podrían ser trascendentales en su vida. Decisiones que a lo mejor para mi no son importantes, y por eso me meto, pero para él son trascendentales. Al reflexionar sobre ello, en cuestiones que son de su edad, suelo echar marcha atrás y busco -o al menos intento- obligar y responsabilizar a tomar su propia decisión. Aún así, noto demasiado mi presencia.

No nos damos cuenta de que podemos estar mediatizando de tal manera que llegará un día en el que le toque tomar decisiones, verdaderamente importantes para él y su vida, y no se atreverá. Incluso que llegue un día a renunciar a su futuro por miedo a tomar sus “decisiones”.

Lo peor de tomar una decisión es que nunca sabrás si has acertado o no hasta que no pase un tiempo. Cuando asumes la responsabilidad de hacerlo, ya no caben dudas: el mayor acierto, siempre he dicho, está en dar el paso.

A lo largo de nuestras vidas es difícil no equivocarnos o tomar decisiones equivocadas. Por eso he tratado siempre de no prejuzgar a los demás. Lo que es bueno para unos puede ser malo para otros y viceversa.

Una mala decisión en tu vida puede tirar por la borda una reputación, pero no una vida. La reputación se va construyendo con el tiempo, paso a paso, decisión a decisión. Y mientras haya vida hay tiempo de rehacer el camino.

Somos dueños de nuestros sueños, de nuestros silencios y de nuestros actos. Caminamos por un mundo repleto de obstáculos y tomamos decisiones, acertadas o no, a cada momento.

Pero no estamos solos en el mundo. Vivimos y convivimos; dependemos y dependen de nuestros actos, de nuestros aciertos y errores. El tiempo te hace medir con mayor precisión tus actos, porque de tus actos provienen consecuencias no sólo para nosotros, sino para los que nos rodean.

Por eso son siempre tan importantes nuestras decisiones y actos, pero tal vez lo sean más, si cabe, cuanto más mayores seamos. Desgraciadamente, el tiempo para enmendarnos será menor.

Es importante dejar que los demás, aquellas personas que nos importan y queremos, aquellas personas que colaboran y trabajan con nosotros, tomen decisiones. Las decisiones nos responsabilizan, las decisiones nos enseñan a equivocarnos, las decisiones nos motivan e ilusionan, nos hacen sentir orgullosos de nuestros éxitos, pero también de nuestros fracasos.

Muchas veces nos escondemos en la comodidad para no tomar decisiones. Es verdad que tomar una decisión te obliga a ser valiente, a arriesgar, a salir de esa zona de confort en la que nos solemos encontrar habitualmente.

Otras veces preferimos escondernos en la decisión de otros. Así no nos equivocamos y, en su caso, si la decisión es acertada, vivimos del éxito ajeno.

Me he equivocado muchas veces en mi vida, tantas que alguna ya se me ha olvidado. He discutido con mi familia y con íntimos amigos por haber tomado una u otra decisión. No me arrepiento. Las veces que he metido la pata, o he fracasado, lo he reconocido y ha sido una gran lección.

Reconozco que no me ha gustado nunca que tomen decisiones por mí. No me ha gustado que me condicionen ni que me marquen caminos que no eran los míos. Es verdad, tampoco he estado acertado siempre. Pero sé, también, que muchas de esas decisiones, si las hubiese consultado, no las habría tomado. Si hago un repaso es posible que me haya equivocado más veces que acertado. En el momento de “decidir”, es fundamental que seas tú y no pienses en el resto.

Hay cosas que si no se hacen en el instante que toca, es muy posible que ya no puedan hacerse, porque no será ni serán lo mismo.

A veces dudamos a la hora de dar un paso o de tomar una decisión: nos callamos cuando deseamos decirle algo a una persona, nos detenemos, dudamos ante el deseo de apoyar nuestra mano o acariciar la mejilla de otra; no escribimos aquello que deseamos, no compramos lo que nos apetece en el momento por miedos al qué dirán; no cambiamos de trabajo o no defendemos a quién verdaderamente merece nuestra defensa, por si el otro se enfada con nosotros; a veces, simplemente, hipotecamos nuestra vida por el qué pensarán o dirán los demás. Y ¡no! No está bien.

Son oportunidades perdidas que no vuelven y, si lo hacen, jamás serían las mismas ni lo mismo.

Por eso, de verdad, la decisión más importante que puedes tener en tu vida es esa: decidir. Y el mayor fracaso y equivocación: no hacerlo.

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‘Escribiendo…’ por José Luis Moreno Coach

Escribo siempre anotando en ese cuaderno, lo que luego dejo abierto, tratando de terminar otra semana con el ansía de buscar el silencio y el equilibrio, la Paz y la quietud de un libro y nada más.

El verdadero placer de ese escritor es atrapar los pensamientos con la pluma en el papel. Ya vendrá tiempo de acariciarlos. 

Mis semanas son un privilegio que me da la vida y, aunque el cansancio me acompañe junto a esa necesidad de acampar en los versos y la filosofía, solo puedo rememorar lo que vivo, entresacando en momentos como este, mientras la belleza del campo apura mi retina, cada uno de los momentos vividos. 

No siempre uno acierta en lo que hace, pero trata de disfrutarlo y sacar lo positivo aunque sea mínimo.

Mis proyectos están en marcha, unos van y otros vienen; mis libros siguen parados, ni van ni vienen; los viajes continúan, voy y vengo; entre medias, momentos especialmente poéticos, que siempre quedan.

Si la buena filosofía te acompaña, en la vida todo es un reto más y otra montaña que escalar. 

mano-escribiendo

Podemos maltratar nuestra vida como el desgraciado que maltrata un animal y debería dar con sus huesos en la cárcel. Nosotros mismos deberíamos castigarnos si no hacemos buen uso de nosotros.

Nos pensamos eternos; no lo somos.

Nos creemos dueños del tiempo; ni lo somos. 

Y te pones a pensar en todo eso que te rodea, en los que te hacen la vida más vida, que no son tantos pero son. Unos están, otros comienzan a formar parte de ti como si lo hubieran hecho siempre.

Y vuelves a pensar que necesitas parar, que necesitas tiempo de disfrutar de muchos más momentos, solucionar lo que queda y recuperar muchas mas sonrisas.

Equilibrar los tiempos. Conseguir ir ganando espacio a lo superfluo para llevarlo a lo interior y espiritual.

Y vas llenando páginas de garabatos, de frases, de pensamientos desinhibidos. 

¿Qué es la vida si no un baile sin compás? 

Dicen los que escriben que escribir calma; yo lo digo y lo siento. Escribir calma la mente y calma la vida. Escribir consigue despojarte de miserias y abrazar sentimientos.

Escribir es reflexionar sabiendo que, a veces, ese reflexionar te cabrea, te remueve, te enfada. Pero sigues escribiendo hasta que llega la paz que esperas y deseas. 

Todo escribir tiene una excusa, aunque la excusa sea la más simple iniciación en el encuentro con uno mismo.

Las palabras que dejamos caer en las páginas, en ocasiones no son lo que pensamos. Esos pensamientos se van agotando en el camino, perdiendo en el olvido o, simplemente, aparcados a la espera de una mayor madurez. Otras veces, las muchas, ni siquiera somos capaces de encontrar las palabras justas, capaces de transmitir lo que deseamos.
A veces no se escribe lo que se quiere, tampoco lo que se puede. Otras escribimos sin pensar lo que escribimos o, simplemente, escribimos lo que nosotros mismos nos hablamos.

Pero seguimos escribiendo. Escribimos llenando los días. Fechando nuestro calendario vital con palabras. Unas palabras, muchas veces absurdas y sin sentido, que queremos ir recogiendo con la prisa de la memoria que se va.

La escritura retiene nuestros días, no deja que se escapen como si nada, lucha contra ese olvido que sin duda llegará.

La escritura nos obliga a autoconocernos porque cada anotación cobra un sentido para quién lee. En todas estas notas se queda el tiempo, mi tiempo. 

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