Cuestión de envidia.

"La envidia es más irreconocible que el odio", François de la Rochefoucauld (1613-1680)
“La envidia es más irreconocible que el odio”, François de la Rochefoucauld (1613-1680)

Nos llega el verano y tengo esa agradable sensación de que la luz supera los días grisáceos del otoño. Tal vez eso nos llena como de una extraña energía que nos impulsa a la acción.

Solemos envolvernos, en nuestro día a día, en verdaderas pruebas de paciencia, de análisis y reflexión.

Reflexionaba sobre la envidia que nos inunda.

Hay mucho escrito sobre la envidia. Yo mismo, creo, he escrito varias veces sobre ese sentimiento, o estado, que provoca en la persona que lo padece dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas tangibles e intangibles.

La RAE ha definido la envidia como tristeza o pesar del bien ajeno, o como deseo de algo que no se posee.

La envidia es uno de los grandes defectos de este país. Para mí siempre ha habido dos tipos de envidia: la sana y la maligna. La envidia sana es esa que utilizamos cuando nos alegramos de los éxitos de los demás, de su mejor ser o vivir, de su progreso. Es esa ‘envidia’ que te genera un sentimiento de motivación por el bien del resto. Es más que un dicho, una manera de expresar la alegría.

Pero decía mi gran amigo y compañero de medilla Aristóteles que “la envidia es el dolor que causa la prosperidad de los otros.”

La envidia maligna, esa más generalizada en nuestra sociedad, es la dañina; esa del ‘quiero y no puedo’, esa que culpa de todos los males o situaciones a los demás.

La envidia maligna es peligrosísima, a veces pone en juego la confianza del resto. La envidia maligna hace un daño exagerado sobre aquél que la siente pero, en ocasiones, también sobre los que le rodean.

Estas personas que sienten constante envidia, de todo y de todos, suelen estar amargadas o frustradas porque no disfrutan de lo que tienen, de la vida, de lo que les rodea.

La envidia maligna desemboca en sentimientos negativos que provocan estados emocionales como el rencor, la avaricia, el odio o la frustración.

A veces, repasando situaciones, analizando, como siempre, el porqué de ciertos comportamientos, llego a la conclusión que ni yo mismo soy capaz de responder a ciertas situaciones provocadas por emociones así.

Hay personas que, por su propia naturaleza, son liantes, les gusta enredar. Son esas personas que ni han hecho ni van a hacer nada más en la vida que dedicarse a hablar de unos y otros, criticar y enjuiciar, porque su mundo se reduce a eso. Detrás de esto se pueden esconder muchas patologías, pero la más coincidente y peligrosa es la envidia. Son envidiosos por naturaleza. En vez de disfrutar de su vida, o preguntarse el porqué de su vida, se hacen la pregunta contraria y negativa para ellos: ¿por qué unos u otros son o tienen más que yo? Para avanzar en sus vidas, lo primero que deberían preguntarse, por contra, es ¿por qué yo no soy o no tengo?

Otro de mis amigos, Arthur Schopenhauer, decía que

la envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren.

No existe la suerte ni la casualidad.

Las cosas se ganan con esfuerzo, con sacrificio y renunciando a mucho. No se puede tener todo. No se puede trabajar poco y querer vivir como el que trabaja mucho. No se corre un maratón sin entrenar, ni se termina una carrera sin estudiar.

Todo aquello que viene sin esfuerzo o sin merecer, se va de la misma manera que ha llegado.

No soy yo quién, ni nadie lo es, para juzgar si una persona merece o no algo: ganar más, mejores cargos, vivir mejor. Si sé que muchos merecen mucho más que otros y la vida, aún sin dejar de intentar, todavía no los ha tratado bien; tal vez, otros muchos, no merecerían lo que tienen. Mi problema, en todo caso, no es estar pendiente ni preocupado por los que tienen sin, según mi juicio, merecer; he entendido siempre que juzgar a otros suele ser una pérdida de tiempo.

Mi problema, es y será, apostar, ayudar en lo que pueda y animar a aquellos que no se rinden nunca, pase lo que pase, que tienen proyectos y metas por los que se sacrifican, que no tiran la toalla aunque se llenen de adversidades, porque no dejan de creer en ellos. Estoy seguro que, tarde o temprano, les llegará su momento, triunfarán y tendrán éxito. Mi aplauso lo van a tener siempre, mientras lo están intentando y cuando lo consigan.

El problema del envidioso es que siempre piensa que lo que poseen los demás es porque se lo han quitado a ellos; o que si el resto tuviera menos, ellos tendrían más. No se paran a pensar, en caso de que piensen, que los que tienen lo hacen a costa de un sacrificio y esfuerzo muchas veces impagable.

No merece el éxito aquel que lo espera de brazos cruzados.

De todos los proyectos que uno lleva en marcha, que uno emprende, unos van y otros no, unos siguen y otros caen por el camino, eso sí, me levanto todos los días con una inmensa ilusión y pasión porque todo avance y salga lo mejor posible y, si puede ser, que a todos aquellos que me importan y me rodean, les vaya las cosas lo mejor posible.

Uno de nuestros mayores males es la envidia que sentimos hacia el otro, el de enfrente, el vecino, el compañero, el ‘amigo’.

Uno de nuestros grandes problemas vitales es que deseamos, casi siempre, aquello que no tenemos y así, sinceramente, nos llenamos de sufrimientos absurdos.

Si pensásemos más en dar que en recibir, en ofrecer y no en tener, evitaríamos muchas de nuestras contradicciones vitales.

 

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Elegir tu momento…

Sentarte en el silencio, desconectado de ese mundo que te rodea y acompaña, consciente del momento y, simplemente,  buscando en la conciencia todos los pensamientos que van quedando, revueltos o alborotados, en la jornada, es algo que normalmente puede más en el deseo, que en el tiempo para hacerse. O eso pensamos o excusamos. ¿Quién no tiene unos minutos para el silencio, para el encuentro, para la soledad?

Sometemos nuestros cuerpos, nuestras mentes, a jornadas intensivas sin tiempo para ser conscientes de la vida que pasa ante nosotros.

Los despertares sirven para hacernos recuperar lo bueno de nuestra conciencia.

No podemos estar continuamente explicando la vida, la vida no puede explicarse, simplemente debemos ser testigos de ella.

Cuando una gran mayoría no piensa como tú o como aquellos que dependen de ti, quiere decir que en algo, en parte o en todo, no llevas razón. Por eso, utilizar el poder para imponer una razón, más pronto que tarde, termina por provocar una revolución.

Me gusta comprobar cómo muchos comienzan a perder los miedos para dar opiniones. No me gusta comprobar cómo todavía, a estas alturas, en muchos lugares y  rincones se utiliza el poder para imponer postulados.

Seguimos utilizando varas de medir diferentes dependiendo para unos u otros. Para unos la vara con la que se mide es la suave, la algodonada; para otros se mide con una vara llena de clavos.

Piensa por ti, piensa para ti y casi siempre acertarás. Si no aciertas, habrás sido tú el dueño de tu pensamiento.

En el momento que piensas por ti habrás perdido tu virginidad. Es el momento en el que comenzarás a llevar tus propias riendas. Dejarás atrás el control de esos que te llevan o han llevado por un camino, el suyo. Ahora eliges el tuyo, tú camino.

Cada uno debe ir construyendo su propio yo.

Cada uno debe saber cuándo seguir o cuando parar. Elegir los momentos, nuestros momentos, es tan importante, en el día a día, como elegir el camino.

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‘Vivir’ por José Luis Moreno Coach

Aceptar las caídas nos impulsa hacia delante

El largo camino de la vida
Vivir es una constante.

Vivir es una constante. Vivir y tratar de superar todo lo que se nos va poniendo por delante, un objetivo.

Un fracaso no impide tener éxito. Un fracaso te impulsa hacia el éxito. Una persona debería sentirse orgulloso, siempre, de la cantidad de fracasos que tenga en la vida. Fracasar es vivir y eso ya es un éxito.

Tener fracasos es no estar quieto, es intentarlo muchas veces y haber acertado alguna. Y para ello es fundamental la determinación y la perseverancia, el esfuerzo, la actitud, el no darse por vencido nunca; el vivir.

Vivir

Vivimos en un mundo que cambia constantemente, un mundo lleno de sufrimientos que no nos son ajenos.

Podemos sentir ese sufrimiento o tratar que no nos afecte. Podemos enfrentarnos a él, o escondernos y hacer como si no pasara nada.

A nuestro alrededor hay sufrimiento. Podemos pensar que a veces nos pilla lejos, pero está también cerca, aquí al lado.

Conocer, sentir el sufrimiento de los demás, a veces es sentir que mucho de lo que nos puede resultar a nosotros un gran problema, un obstáculo, es una verdadera gilipollez comparado a lo que verdaderamente sienten otras personas.

Sufrir es inevitable

Sufrimos todos, de una manera u otra. No conozco a nadie que sea de piedra, que no sufra o sienta. Nosotros somos dueños de nuestro sufrimiento y lo importante es cómo decidimos responderle o hacerle frente. Somos libres y eso nos hace elegir.

Elegir nos hace Ser y tomar decisiones

Nos pueden arrebatar todo, pero no podrán arrebatarnos nuestra libertad y en esa libertad, en ese deber de enfrentarnos al sufrimiento, está el levantarnos las veces que sean necesarias, ponernos en pie con la cabeza alta, mirar de frente, estar orgullosos de Ser y volver a caminar hacia delante.

Hoy es otro día. Eso pienso cada mañana, como la de hoy, al levantar temprano y ver cómo aparece ese sol. Cada día es nuestro cumpleaños: despertamos, vivimos. Tenemos una oportunidad para comenzar de nuevo.

Es verdad que hay personas que pasan por la vida aprendiendo a encajar golpes, haciéndose fuertes a base de caer y levantar, mientras que otros, parece, su modus vivendi es romper vidas como el que se dedica a romper platos a capricho. Siempre me quedaré con los primeros.

En el mundo hay dos tipos de personas: las que lo hacen cada día un poquito mejor y las que lo hacen un poquito peor. Cuando vamos restando días al tiempo, cuando hemos estado rodeados de unos y otros, prefiero quedarme ya, tan solo, con aquellos que tratan de hacerlo mejor.

Amar la vida es también amar sus dificultades.

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Hay días grises y otros que no lo son…

Hay gran diferencia en comenzar un día bien a comenzarlo mal. Esa gran diferencia, normalmente, suele ser mental, nada más o nada menos. Si no te importasen las cosas, los gestos, las responsabilidades; si no te importase nada, no pasaría nada, seguro. Simplemente te sería indiferente y caminarías sobre tus pensamientos, como si fueran ascuas. Pero no es así. Te importa lo que te rodea, te importan sus acciones, su educación, su ser y su estar. 
Son esos días de lluvia, de llovizna lenta, que te vistes pero sabes que no te gusta cómo vas vestido porque eres incapaz de combinar bien la camisa con el pantalón y la chaqueta.

Eso días que cojeas porque te duele el pie, no sabes bien por qué, o sí,  y se le ha añadido ese hombro que, vaya usted a saber por qué, en este caso, te duele a rabiar cuando tratas de mover el brazo. 

 Y llegas tarde al tren porque el tráfico es terrible y cuando terminas en Atocha, coges el autobús porque llueve y no puedes darte esa caminata meditativa.
Y entonces, el autobús se estropea en medio del trayecto y debes bajar y caminar o coger otro.
Son días que comienzan negros y sabes que depende de ti el irlos cambiando porque la vida es solo eso, lo que ves y cómo lo ves.
Y te das cuenta que estás enfadado con el mundo o crees que el mundo está contra ti.
Necesitas sonrisas, pero tal vez para recibirlas antes deberías ofrecerlas.Y vas haciéndote con él hasta que lo terminas. Y lo terminas consiguiendo alguna de esa sonrisas que lo merecen.Las sonrisas, en esas personas que merecen tenerla siempre, son capaces de abrir los días en luz aunque amanezcan grises.Es lo que tiene, es lo que son.La vida siempre fluye líquida, como nos decía el maestro  Bauman. Podemos caminar sobre hielo, tratando que no se rompa en cada paso. Podemos intentar parar un rayo con una espada sabiendo que moriremos en el intento.Podemos despertar con pensamientos grises y mirar el cielo encontrando un sol donde no lo hay… será nuestro.

 

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‘Lo sabio es elegir’ por José Luis Moreno Coach

Sobre la libertad en hombres y termitas

Cuando un termitero es destruido, las termitas-soldado sacrifican su vida defendiendo la colmena mientras el nido es reconstruido
Cuando un termitero es destruido, las termitas-soldado sacrifican su vida defendiendo la colmena mientras el nido es reconstruido
por

Nada más bello que no perder ese amor por el saber. El saber nos permite pensar y decidir. La ignorancia hace que sean otros los que piensen y decidan por nosotros.

Me topé hace poco con un ejemplo maravilloso de lo que nos diferencia a los hombres del resto de seres: esalibertad de elegir porque sabemos lo que es y lo que no es.

No sé si sabéis, sin duda que sí, que las termitas son esas hormigas que levantan impresionantes hormigueros, de varios metros de alto y duros como la piedra. Su cuerpo es muy blando, carecen de coraza, y por ello levantan esos hormigueros que les sirve de refugio o caparazón colectivo contra ciertas hormigas enemigas. A veces, los hormigueros se derrumban por culpa de situaciones climatológicas o, simplemente, porque son tirados por otros animales. En ese momento, rápidamente, las termitas-obrero se ponen a trabajar para reconstruir su fortaleza a toda prisa. En ese momento, las grandes hormigas enemigas, que merodean alrededor, se lanzan al asalto. Las termitas-soldado salen a defender su tribu e intentan detener a las enemigas. Como no pueden combatir con ellas, ya que son más pequeñas y frágiles, se cuelgan de las asaltantes intentando frenar todo lo posible su marcha, mientras las feroces mandíbulas de las malas las van despedazando. Las obreras trabajan con toda celeridad y se ocupan de cerrar otra vez el termitero derruido… pero lo cierran dejando fuera a las pobres y heroicas termitas-soldado, que sacrifican sus vidas por la seguridad de las demás. ¿Verdad que este heroico sacrificio merecen una medalla?

En la Ilíada,Homero cuenta la historia de Héctor, el mejor guerrero de Troya, que espera a pie firme fuera de las murallas de su ciudad a Aquiles, el enfurecido campeón de los aqueos, aun sabiendo que éste es más fuerte que él y que probablemente va a matarle. Lo hace por cumplir su deber, que consiste en defender a su familia, a sus vecinos, a su ciudad. Esta claro que Héctor es un héroe, un valiente. ¿Pero, Héctor es igual de valiente y héroe que las termitas-soldado, cuya gesta repetida millones de veces ningún Homero ha contado?

¿Es que Héctor acaso es más valiente que las termitas?

Las termitas luchan y mueren porque tienen que hacerlo sin poderlo remediar. Héctor sale a enfrentarse a Aquiles para defender su ciudad porque quiere. Las termitas no pueden desertar ni rebelarse, están programadas. Héctor sí podría hacerlo aunque tuviera que aguantar que sus conciudadanos le llamasen cobarde.

(Este ejemplo lo leí en un excelente libro de Fernando Savater, Ética para Amador)

Héctor no está programado, es libre.

Los animales son tal y como la naturaleza les ha programado para ser. No saben comportarse de otro modo. Nosotros sí.

Y todo este ejemplo es para argumentar mi reflexión de hoy: ¿por qué nos comportamos, habitualmente, como seres programados?

¿Por qué, siendo libres de elegir como somos, sabiendo lo que está bien y lo que está mal, lo que quema o congela, lo que nos hace bien o mal, nos comportamos como seres programados, como animales incapaces de decidir?

¿Por cobardía? ¿Por el qué dirán? ¿Por imbéciles?

Si sabemos lo que tenemos que hacer ¿por qué no lo hacemos?

Somos libres y sabemos. Tomar decisiones es nuestra responsabilidad. A unos gustará, a otros disgustará. La libertad también es eso, respetar lo que hacen los demás si lo hacen bien para su consciente.

No se equivoca el que hace; normalmente se equivoca aquel que no hace nada.

Últimamente creo que filosofeo demasiado o la filosofía me filosofea en exceso. La filosofía, afirmaba Schopenhauer, comienza por una meditación sobre la muerte. En cambio, el sabio de Spinoza anotó que:

Homo liber de nulla re minus quam de morte cogitat et ejus sapientia non mortis sed vitae meditatio est.

Algo así como que

El hombre libre en lo que menos piensa es en la muerte, y su saber no es una meditación sobre la muerte sino sobre la vida.

Es curioso como un simple hecho, un susto, puede hacer cambiar tus prioridades en un instante; cómo te hace ver que una décima de segundo puede cambiarlo todo y que mucho de lo que haces no vale la pena.

Si un instante es capaz de provocar algo así quiere decir, sin lugar a dudas, que vives equivocado. Vives equivocado en tus prioridades, vives equivocado en tus acciones y vives equivocado en la utilización de tu tiempo. En tus libres decisiones.

Tiempo es justo lo que no tenemos, pero tiempo, si hemos despertado esta mañana, es el que tenemos para cambiar.

Un susto te provoca un espasmo emocional, te confunde, te lleva de un lado a otro en pensamientos que alteran tu conciencia porque te hacen reconocer que las cosas no son así.

Es importante llegar a tener la oportunidad de cambiar, como es importante, también, dar los pasos necesarios para hacerlo siendo conscientes de que no hay tantas oportunidades como creemos.

Escribí un día por ahí, que la sabiduría se demuestra teniendo la valentía suficiente para cambiar lo que no te gusta en la vida; hoy, más que nunca, creo que ser sabio es tener cojones para cambiar lo que conscientemente sabes que no haces bien.

Seguir vivo te hace poder disponer de un futuro y aunque vivamos siempre en el presente, que es lo único verdadero que poseemos, podemos modificar nuestro día a día: lo que de mí, quiero, y lo que de mí, quiero para los demás.

El futuro se va construyendo desde el hacer, desde la Acción.

Ser pasivos en la vida, ser pasivos con nosotros, a la larga es arrepentirnos de haber perdido el tiempo.

Vivimos en un estado de confusión general que nos hace confundirnos, también en lo particular.

¿Cómo puede ser que la vida pase tan rápido? O, ¿cómo puede ser que perdamos tanto la vida?

O somos conscientes de lo importante o habremos perdido el tiempo y, sobre todo, la oportunidad de tomar libremente decisiones que nos hagan cambiar.

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Pero ¿qué riqueza?

 

Salgo a correr, cuando puedo, por el campo. A veces, con un frío importante, otras con un calor que axfisia el alma, pero siempre con ese deseo de volver otra vez a ese momento. Cuando hago una tirada larga, suelo correr acompañado por  esos caminos que van guardando  conversaciones como tesoros de palabras y emociones.

La conversación, a ritmo de zancada, es una forma de meditar;  nuestra mente y corazón buscan la cadencia y el ritmo adecuado, para provocar el esfuerzo justo como para no dejar de hablar entre zancada y zancada. Así, la carrera, se convierte en algo más que un simple esfuerzo físico: es meditación, es limpieza espiritual y emocional.

Las conversaciones giran sobre la vida, sobre el todo y la nada. El otro día charlabamos en torno a esas acciones humanas que no dejan de sorprender a unos y otros. Acciones que muchas veces carecen de significado pero que ocurren, nos ocurren. Es curioso cómo siempre culpamos a la mente de las malas acciones. Tratamos de salvar al hombre, ese ser capaz de lo peor dependiendo de qué circunstancias.

Cuando alguien comete una tropelía, decimos eso de “se le fue la cabeza”. Pero cuando alguien hace el bien mediante acciones no habituales, no decimos que “se le ha ido la cabeza”, simplemente pensamos que hace lo correcto, aunque su acción no sea copiada por la mayoría.

Así, entre zancada y zancada, vamos desgranando, dialogando, filosofando sobre todo aquello que nos preocupa, altera o enriquece.

Comentando nuestra ajetreada vida, nuestra actividad cada día más cargada de responsabilidades que no cesan, que acumulan problemas, que quitan horas y momentos poéticos, nos hemos preguntado si realmente vale la pena la forma de vida que llevamos

¿Nos habremos equivocado de vida? ¿Hemos cogido la dirección adecuada?

Como dice una persona, de esas pocas que me importan lo suficiente como para hacer caso de sus sabias palabras, ¿es fácil hacerse esa pregunta cuando se vive en una especie de comodidad? ¿Qué es un problema? ¿Qué es afrontar más o menos responsabilidad para alguien que vive en un mundo en el que no le falta de nada?

Pero, ¿cómo es posible que teniendo de todo, no nos sintamos plenamente realizados o felices?

En los últimos tiempos, día sí, día no, aparecen noticias en prensa de personas aparentemente normales, como nosotros, de esas que viven en el privilegio del todo, que abandonan y se van en una búsqueda espiritual, más allá de lo material, simplemente por el hecho de no sentirse plenamente satisfechas con su vida. Les falta algo, dicen.

Hay miles de ejemplos más, la mayoría anónimos, de personas que teniendo una vida cómoda, llena de los máximos privilegios, los apartan, como el Buda, para vivir en una especie de pobreza material pero riqueza espiritual.

¿Qué es tener riqueza? ¿Dinero, coches, títulos, tarjetas de crédito, casas? ¿Cuál es la verdad de la riqueza? ¿No será ese más allá espiritual que casi todos anhelamos y buscamos de una u otra manera?

Es cierto, también, como me comentaba hace poco, ¿quién desde la máxima pobreza, desde la adversidad continuada o desde esa falta de lo esencial, encuentra esa felicidad que parece los occidentales buscamos en lo oriental? A veces parece que nos encaprichamos de filosofías espirituales simplemente porque queremos esconder esas carencias que nos acompañan y que, en ocasiones, poco tienen que ver con lo material.

La pobreza no tiene que ver con lo material, es un estado mental. Muchos pobres son más felices que esos otros ricos o aquellos que vivimos una vida más o menos privilegiada.

Decía Mike Todd que

“Nunca he sido pobre, solo he estado sin dinero. Ser pobre es un estado mental mientras que no tener dinero es un estado temporal”. 

El alma humana no tiene color, y tampoco ideas.

Me quedo con el alma de las personas. Es la máxima riqueza de espíritu. Y es mi reflexión esta noche.

 

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‘A vueltas con el tiempo’ por José Luis Moreno Coach

Perder o no perder el tiempo, esa es la cuestión

En cada uno de nosotros está decidir qué hacemos con nuestro tiempo
En cada uno de nosotros está decidir qué hacemos con nuestro tiempo
por

 

Siempre es gratitud, por lo alegre o por lo triste, por el éxito o el fracaso, por el mero hecho de vivir y seguir viviendo, cada momento que el tiempo nos regala.

El ‘tiempo’, siempre el tiempo.

El tiempo que nos arranca vida y el tiempo de silencio, ese en el que nos encontramos con nosotros y se convierte en energía para nuestra mente.

La mente, si le dejamos tiempo, si le aportamos el silencio necesario, nos aporta vitalidad no sólo en nuestro cerebro sino también en nuestro corazón.

Parece que a veces, el silencio, puede convertirse en un capricho raro para muchos. Cuando pides silencio, cuando necesitas o buscas el silencio, y se lo dices a los que te rodean, lo normal es que te miren como si estuvieran ante un ser extraño, raro, diferente. En este mundo que vivimos, en este mundo que habitamos, tan lleno de ruidos, tan falto de tiempos, amar el silencio es síndrome de raro o aburrido.

Y sí, para muchos, cada vez se convierte en algo más que necesario: vital. No sé si tendrá efectos científicamente comprobados, en mi caso los tiene. Y no estoy hablando de aislamiento, ni mucho menos. Hablo de un paseo en calma, pensando y meditando. Hablo de sentarse en el banco o el césped de un parque, o una piedra en el camino, mientras la mente se calma, mientras meditamos, mientras no escuchamos más que los susurros del viento o ese ruido que la vida nos hace al pasar.

Disfrutando de todo aquello que no siempre uno puede disfrutar o no siempre uno quiere disfrutar. Disfrutar del tiempo, ese tiempo que se va y nunca vuelve.

A veces nos olvidamos del tiempo sin darnos cuenta que el mismo tiempo, ese tiempo, es el que nos olvida a nosotros y se aleja sin freno.

Pero seguimos retorciéndonos en el tiempo y con el tiempo.

Hacer siempre es tiempo y para que las cosas sucedan hay que dedicarles tiempo.

Por eso es importante parar pensar, para valorar y para seguir actuando. Eso también es tiempo.

Los esfuerzos aislados sirven de muy poco. A las cosas hay que dedicarles tiempo y ser perseverantes. Tener voluntad más que motivación.

Cada uno de nosotros elegimos lo que hacer con nuestro tiempo por ello es de suma importancia su buen uso. Me temo que no soy un buen ejemplo.

No soy un buen ejemplo y por ello me retuerzo en mis días cuando reflexiono sobre ello. Me retuerzo porque al leerme me topo con la misma reflexión de hace algún tiempo y eso quiere decir que no hemos cambiado nada.

“Aprovecha el día de hoy; fíate del mañana lo menos posible”, decía Horacio.

Disfrutar o no de la vida, disfrutar o no de nuestros momentos, siempre depende de cada uno de nosotros. Nosotros somos los responsables, nosotros somos nuestros responsables.

Vivir es elegir qué hacemos con nuestro tiempo, en qué y cómo lo utilizamos.

“Tener tiempo es la posesión del bien más preciado por quien aspira a grandes cosas”,  nos decía Plutarco

Todos tenemos el mismo tiempo, pero no todos utilizamos igual nuestro tiempo. En nosotros, en cada uno, está elegir qué hacemos con nuestro tiempo. Por eso tratar de encontrar aquello que más nos enriquece o beneficia, independientemente de lo que piensen los demás, es fundamental para nuestro bienestar.

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